El propósito, más allá de las buenas intenciones

El término "propósito" se ha convertido en una palabra de moda en el mundo empresarial, un concepto que todos parecen abrazar. Sin embargo, más allá de las declaraciones grandilocuentes y las campañas de marketing conmovedoras, ¿cuántas marcas realmente comprenden y aplican el propósito de manera auténtica? No todas, eso está claro. Profundicemos en este concepto que, aunque en boca de todos, parece escapar a la verdadera comprensión de muchos.

El propósito, en su esencia, representa la razón de ser de una marca, su alma, aquello que la impulsa a actuar y a generar un impacto positivo en el mundo, trascendiendo el simple beneficio económico. Es la brújula que guía sus decisiones y acciones, inspirando a sus empleados y conectando con sus clientes a un nivel más profundo y significativo. Un propósito genuino se conecta intrínsecamente con los valores fundamentales de la marca, aquellas creencias inquebrantables que la definen y la diferencian. Estos valores se traducen en acciones concretas, en una forma de hacer negocios que busca contribuir al bienestar de la sociedad y del planeta. Por suerte ya hay muchas marcas que con su modelo de negocio ya son ejemplos claros de cómo el propósito puede guiar la estrategia empresarial y generar un impacto real y duradero.

Pero el camino hacia un propósito auténtico está lleno de obstáculos y trampas que debemos reconocer. El "purpose washing" es una de las más comunes, donde las marcas utilizan el propósito como una mera fachada para mejorar su imagen, sin una coherencia real entre sus palabras y sus acciones. Se trata de un maquillaje superficial que, a la larga, puede generar desconfianza y dañar la reputación de la marca. Otro error frecuente es caer en declaraciones vacías, en frases inspiradoras que no se traducen en un impacto tangible en la sociedad o el medio ambiente. Definir el propósito no se trata simplemente de redactar una frase conmovedora, sino de integrar este propósito en la estrategia global de la marca, asegurando que se materialice en acciones concretas y medibles.

Y aquí es donde muchas marcas tropiezan: confundir el propósito con la misión o la visión. Mientras que la misión describe "qué" hace la empresa y la visión define "hacia dónde" se dirige, el propósito responde al "por qué" de su existencia. Es la fuerza motriz que la impulsa, la fuente de su inspiración. Para descubrirlo, se requiere de una profunda autoreflexión, un análisis honesto del impacto de la marca en el mundo. Este proceso debe involucrar a los empleados, a los clientes y a todos los stakeholders, generando un diálogo constructivo que permita definir un propósito compartido y significativo.

Un propósito auténtico requiere coherencia, transparencia y un compromiso genuino con la mejora continua. Es un viaje de aprendizaje que implica evaluar constantemente el impacto de la marca, identificar áreas de mejora y comunicar los avances de forma honesta. Solo así se construye confianza y se genera un cambio positivo real. Y es que el propósito no es un destino, sino un camino que se recorre con convicción, integridad y un profundo deseo de contribuir a un mundo mejor.

Tras esta lectura, ¿tienes claro si tu marca tiene propósito?

Dedica tiempo a encontrarlo.

 

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